“CREAR ES
RESISTIR. RESISTIR ES CREAR”
Stéphan
Hessel, ¡Indígnate!
Por una desafortunada
decisión, cambié la marca de mi celular hace algunos días. Al intentar
sincronizar mi agenda y mis contactos, se borraron en su mayoría. La pérdida de
información no me angustió tanto como el comprender de nueva cuenta, a través
de esta práctica cibernética fallida, la forma en que la tecnología se ha
apropiado de nuestras vidas. Y no es solo la embestida de las fuerzas
nanotecnológicas, sino de una clara maquinaria de mercado, que busca subordinar
a nuestras prácticas más simples, a una operación de compra y venta de fines
evanescentes y de desproporciones temporales y económicas.
No es esto, desde luego, un ejercicio
de catarsis o de terapia pública de una mala pasada. El problema de la
organización del tiempo, del discurso en torno a la información y a la
transformación de los usos horarios por la agenda, es un verdadero problema semiótico,
mas aún cuando se une a este dejo de simulacro que gobierna la publicidad y la
tecnología.
Es
fundamental, en este orden de ideas, el recordar el libro de Eliseo Verón Efectos de agenda. En dicho texto, el
autor sufre una pérdida de sus agendas en algún traslado de aviación. A partir
de allí, y en espera de sus agendas, construye un diario íntimo, en el cual
vemos tanto sus esbozos de ideas teóricas como sus encuentros amistosos con Umberto
Eco.
Cuál puede ser, entonces, la relevancia
semiótica de algo tan simple que se puede llevar en un cuaderno o de algo que
puede ser factible de presunción a través del último gadget tecnológico. La
agenda, desde luego, es un aliado imprescindible en la vida cotidiana, en la
planeación y en tiempos convulsos en lo personal y en lo familiar.
Tampoco
pretende ser este espacio una construcción sobre el cómo planificar el tiempo.
Es una reflexión sobre lo temporal: en qué anclamos nuestros actos cotidianos,
en qué terminamos conformándolos, en qué derivan con el paso de los años, en
dónde estriba lo significativo y aquello que marcamos como propio.
El llevar un diario es una
consideración estrictamente personal. Diversos autores han generado sendas
piezas maestras. Eliade, Tolstoi, Dalí, Barthes, Revueltas, cada uno a su
manera. Pero poco sabemos de la agenda, la que marca el tiempo a tiempo, la que
pretende la regulación absoluta de nuestras actividades productivas, el
mecanismo de control y de jerarquización de nuestros actos.
Sí, así de terrible es el discurso de
la agenda. Aunque sea de Hello Kitty o la más reciente aplicación de Android.
La agenda ordena y conforma lo cotidiano. Y en ese sentido, no queda más que
apreciar la búsqueda de un orden en medio del caos. Los nombres se combinan con
las anotaciones personales. Las claves que nosotros entendemos. O que ni
nosotros entendemos en muchos casos.
La agenda acumula el paso de los
esfuerzos, proyecta hacia un futuro que es profundamente simbólico. Puesto que
es un acto que no se ha dado, no podemos configurarlo. La agenda representa el
afán del hombre por dominar el tiempo, por superar lo impensable, por el que se
den las cosas. La agenda trabaja entonces en el ámbito de la promesa. Así será,
porque así está escrito.
Desde luego, implica todo ello la
flexibilidad del ejecutor de la agenda. Porque si la agenda domina al hombre,
¿qué queda de éste? La sombra de un dictado. ¿Cómo puede escapar el hombre de
la cita marcada desde fuera? ¿Quién establece la agenda?
El poder, no hay forma de negarlo,
delimita. Sabemos por sendos estudios antropológicos e históricos, que el
tiempo se medía de otra forma en la antigüedad. Las actividades sagradas se
imponían por sobre lo profano. Las festividades se tomaban como el parámetro de
planeación. Los ciclos de la naturaleza eran determinantes para el actuar del
hombre. Y así, las fuerzas externas pero vitales constituían el principal motor
de la historia. Decir esto lleva al ámbito de la nostalgia de lo “natural” como
construcción desde la naturaleza.
Se sabe de los esfuerzos por
contabilizar los años (y este sábado, mi hijo de 7 años, me hizo una pregunta
filosófica compleja: ¿Qué es un año? A lo que yo solo pude responderle de la
manera más simple: 365 días). Esta medida arbitraria, obliga al conteo, a
delimitar, a dejar huella. Por fijar en calendarios en roca los tiempos de
cosecha. Los ciclos que se apuntaban en las estelas, en los códices, perfilaban
precisamente el contenido de lo sagrado. La huella implicaba la medida hacia lo
sagrado. Y ambos existían y convivían en, quizás, plácida armonía.
La historia siguió su curso. Se
estableció como el parámetro a seguir. La promesa del progreso. La ruptura del
ciclo por el establecimiento del orden lineal. Así, las culturas precolombinas
tuvieron que adaptarse a un futuro inalcanzable con la llegada de la
“racionalidad” europea. La ruptura del discurso causó estragos. El orden
cósmico se trasladó a un orden del progreso, que más tarde que temprano, se
fincó en una alianza con el orden de lo productivo, de la fabricación, de la
huella en el producto más que el cosmos de los astros.
Y no hay autodefensa en esto: los
saltos cuánticos son notables. Y quizás por esa falta de tiempo quedaría en la
agenda para seguir detallando todo ello. Pero el esbozo basta para comprender
que el hombre moderno dejó de significar su entorno por el seguimiento a la
temporalidad natural, para construir, sin más un régimen dentro del ámbito de
lo simbólico.
Porque, al final de las cuentas (y aquí
valga la metáfora), quién delimita que la jornada de un albañil es menos
valiosa que la de un empresario de una transnacional, que la comida en un
restaurante debe costar más que un cuaderno que dura para siempre. El acto
arbitrario en la medición del tiempo hace estragos en cualquier consciencia.
El tiempo se hizo aliado del valor
económico. Son esos tres ejes que Foucault señala como “Trabajo, vida,
lenguaje” los que se contaminan y comienzan a juguetear entre sí. Cómo hablar
sobre el trabajo, como trabajar en esta vida, cómo vivir el lenguaje y todas
aquellas adaptaciones posibles.
Pero algo pasó en el mundo. Ya ni el
trabajo tiene una perspectiva de lo trascendente. Los llamados “McJobs” y ese
extraño disfraz de la esclavitud que ahora se llama “Disponibilidad 24/7”,
rompen con la idea de la trascendencia en la empresa, de la durabilidad en la
institución. Y no pretendo usar el término posmodernidad, porque ésta ha caído
en el sinsentido por el abuso de su uso.
Nuestro
tiempo el día de hoy, y eso no es cosa nueva, está subordinado a todo menos a
un discurso sagrado. La generalización es peligrosa, pero si lo sagrado fuera
parte de nuestra búsqueda cotidiana, no se permitirían los atropellos a los
derechos humanos que se leen en los periódicos o que establecemos con nuestros
actos y nuestras agendas personales. Al menos, eso podría explicar cualquier
utopista inconforme, cualquier nostágico de la institucionalidad en sociedad,
cualquier procurador de la justicia en esta tierra.
Claro está, que se podría establecer
como en el hinduismo que vivimos en tiempos del Kali-Yuga, el tiempo de la
destrucción que antecede a una nueva creación. O pensar que estamos en el
transcurso de la vida hacia un mejor mañana, tras la redención de la humanidad.
Aquí, desde luego, también se puede establecer una línea de trabajo que por
cuestiones de agenda, uno no puede contemplar en estos momentos.
El tiempo de hoy es un tiempo que, tras
la modernidad y tras la posmodernidad, desconoce lo antiguo y solo lo exhibe en
los museos, y que el futuro lo deja a un muy corto plazo. Los procesos de
producción que hablan sobre la eficiencia y que están, en teoría, enfocados a
los resultados tangibles, tienen esos matices del siempre aquí y ahora.
El futuro, bien lo ha señalado la ciencia
ficción, no se da en 10 años. Es, precisamente, a futuro. Pero los tiempos se
han acelerado, y el hablar de 10 años parece más eternidad que antes, cuando
los fines de los ciclos se daban cada 52 años. Los sistemas operativos caducan
al año de ser lanzados, los carros pueden ser cambiados a los 4 años si el buró
de crédito no indica lo contrario, las relaciones duran lo que el click de la
ya muy próximamente anacrónico Facebook determine…
Recuerdo a una exalumna que me decía
“Quiero cambiar de trabajo porque ya llevo mucho tiempo ahí; ya llevo 6 meses.”
Esta afirmación, claro está, fue hecha previa a la crisis del 2008, en la que
los tiempos se trastornaron aún más de lo que ya estaban.
Vivimos tiempos difíciles. Bien puede
argumentar alguien que todos los tiempos
han sido difíciles y que algunos vivimos el calentamiento global mientras que
otros vivieron la peste bubónica. Pero son tiempos en los que el entendimiento
de lo temporal ha quedado supeditado a la lógica del no tengo tiempo para
pensar sobre la temporalidad y la trascendencia. Es, en términos de López
Quintás, un momento de vértigo de la historia.
Siempre nos han dicho que la historia
comenzó con el origen de la escritura. Es decir, con el inicio de la marca, de
la huella, del hombre a través del lenguaje. Empero, cómo fijaremos nuestros
discursos hoy día. La mediación electrónica, todo aquello que hoy nos seduce en
forma de nuevas tecnologías de la información y del conocimiento, tienen en su
ADN el gen de la obsolescencia planificada. Caducarán a cada paso, y cuando
menos nos los esperemos.
Y si no me creen, procuren comprar lo
más pronto posible su Windows 8 y su iPhone 5 para no quedar rebasados por la
sincronización y la adaptación a lo siempre novedoso. Lo novedoso evanescente,
si se me permite el término. La maquinaria del mercado parece, en efecto, un
juego perverso: compra y será desechado. Independientemente del desperdicio
económico, de la huella ecológica, de la explotación de los recursos naturales
y de las prácticas laborales indignantes en diversos países del planeta.
John Berger establece en su magnífico Modos de ver que el discurso
publicitario parte de la insatisfacción y de la envidia. Y no solo ello, la
aceleración de los tiempos ha hecho que ambos vicios se vuelvan cada vez más
agresivos. Nunca podremos tener lo que tiene el de junto. Nunca podremos
permanecer al corriente de lo que nos rodea. La práctica de la
individualización del escritorio virtual es en realidad una trampa discursiva:
te dejo ser distinto siempre y cuando compres el mismo producto, con diferente
carcasa, que tu vecino más odiado.
Cuando creemos dominar algún gadget
tecnológico, sus fallas salen a la vista. Ya sea por errores nuestros o por una
obsolescencia planificada y estructurada en esta cadena de la producción y el
consumo sin sentido. La tecnología y la mercadotecnia se han unido para
manipular al hombre, para reducirlo de nivel y convertirlo en un simple usuario
más que en productor, o mejor, en un subcreador, en términos de Tolkien.
Es cierto: el panorama apocalíptico en
poco ayuda a salir de este atolladero. El no dejar huella en el mundo, se
convierte en una consigna del mercado. Por eso, habría que volver los ojos al
acto fecundo de lo creativo. La transformación de lo que nos rodea en el
siempre algo nuevo. Jugar con lo mínimo para llegar a lo máximo. Procurar de
forma sistémica la austeridad antes que el lujo, que tanto denunciaba el buen
Bruno Munari.
Curiosamente, las agendas electrónicas
tienen formatos fijos, estandarizados para hacer anotaciones. No se permite
(que yo sepa) la inclusión de rayones o tachaduras para borrar lo innombrable.
En estos juegos de reeducación de mi agenda, me topé con que varias de las
aplicaciones para agenda del iPod o del Android prometían el ser como el papel.
Es decir, el juego nos marca alejarnos de lo más próximo al hombre. Las
extensiones del hombre que preconizaba McLuhan han usurpado el lugar a la
memoria, al caminar
La agenda es, desde luego, no algo
indispensable. Hay quien puede llevar en su mente una lista de pendientes,
citas y recordatorios perfectamente ordenados. La agenda es una extensión de
esta posibilidad que todos y cada uno de nosotros tenemos (a menos que exista
algún tipo de lesión cerebral).
La memoria es una virtud propia del
hombre. Y cada día hemos marginado y minimizado la memoria, cediendo nuestras
capacidades naturales a medios externos. Así como Sócrates era un crítico de la
escritura, podemos ser críticos del sistema computarizado porque sus promesas
son mayores que los de la propia escritura: todos podemos tener acceso a la
biblioteca de Alejandría virtual gracias a la nanotecnología. La relación,
pues, con el conocimiento, se ha virtualizado, no virtuocizado (si se me
permite término tan espantoso).
Alejados de las virtudes que nos son
propias, alejados de los valores que deberían guiar nuestros actos, como señala
López Quintás, hemos perdido la brújula por estar involucrados en el no perder
la mejor tecnología. Y mientras, nuestro norte se evapora, se esconde y, como
bien acusa Baudrillard, hemos cometido el crimen perfecto, esto es, aquel que
no deja huella de su criminalidad. Porque si bien muchos perdieron su
información de Lotus a Palm, de Mac a PC, mucho más se perderá cuando alguien
decida olvidar cómo tener acceso al html o cuando por la crisis de los
combustibles nos haga un mal juego distanciándonos de la energía para encender
nuestras simpáticas computadoras en cientos de versiones de sistemas operativos
distintos y distantes.
Son cuestionamientos incómodos, lo sé.
Cuando alguien se acostumbra a algo, es poco probable que quiera enfrentar su
estructura de vida. Pero alguien tiene que hacerlo (quizás para olvidar la
pérdida de información de su agenda electrónica).
Qué
pasaría si, haciendo un alto en el camino, nos cuestionáramos sobre el cómo el
celular determina nuestra vida social, cómo la computadora determina nuestra
producción y nuestra creación, sobre el cómo lo novedoso hace que la tecnología
cada día se aleje más del perfeccionamiento del usuario para generar una falsa
experiencia.
No pretendo, desde luego, satanizar a
la tecnología. Escribir esto en una computadora, resulta en un acto de
incongruencia que la pobre no cuestiona. Cualquier intento de satanización
merma las posibilidades de verdadera creación. Simplemente hay que hacer un
tiempo para pensar, un tiempo en nuestra agenda cotidiana para pensarnos sin
esa agenda que está regida por la producción, el otro y el mercado.
La historia parte del hombre. Y en
estos tiempos, el hombre se ha apartado de la historia porque se ha apartado de
sí mismo, guiado por discursos que le vienen desde fuera, desde lo mutable y
perecedero.
Habría que preciar ese maravilloso
silencio creativo del que nos habla López Quintás. Ese tiempo que no cabe en
ninguna agenda, en ningún horario, puesto que nos habita el tiempo y nos
proyecta hacia algo más grande y más valioso que cualquier gadget en este
mundo.
Antes de que las huellas se nos borren
como archivo inservible, que sean despreciadas aún más por la moda y las
megatendencias, es tiempo de pensar en el tiempo, en la significación, y en la
huella… Lo que el hombre deja, es un sendero, como dijo el poeta. Donde habita
la palabra, trascurre el paso del hombre en tierra fértil. Porque si aún vemos
nuestra historia, es porque la vida nos permite seguir soñando, marcando y ser,
por sobre todo, más humanos y menos cyborgs.
Dejo estas reflexiones en el camino. Mi
agenda marca el término. Quizás otro día sincronice el calendario. Por ahora,
habrá que seguir soñando.
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