sábado 24 de septiembre de 2011

La significación y la huella


“CREAR ES RESISTIR. RESISTIR ES CREAR”
Stéphan Hessel, ¡Indígnate!

Por una desafortunada decisión, cambié la marca de mi celular hace algunos días. Al intentar sincronizar mi agenda y mis contactos, se borraron en su mayoría. La pérdida de información no me angustió tanto como el comprender de nueva cuenta, a través de esta práctica cibernética fallida, la forma en que la tecnología se ha apropiado de nuestras vidas. Y no es solo la embestida de las fuerzas nanotecnológicas, sino de una clara maquinaria de mercado, que busca subordinar a nuestras prácticas más simples, a una operación de compra y venta de fines evanescentes y de desproporciones temporales y económicas.
         No es esto, desde luego, un ejercicio de catarsis o de terapia pública de una mala pasada. El problema de la organización del tiempo, del discurso en torno a la información y a la transformación de los usos horarios por la agenda, es un verdadero problema semiótico, mas aún cuando se une a este dejo de simulacro que gobierna la publicidad y la tecnología.
Es fundamental, en este orden de ideas, el recordar el libro de Eliseo Verón Efectos de agenda. En dicho texto, el autor sufre una pérdida de sus agendas en algún traslado de aviación. A partir de allí, y en espera de sus agendas, construye un diario íntimo, en el cual vemos tanto sus esbozos de ideas teóricas como sus encuentros amistosos con Umberto Eco.
         Cuál puede ser, entonces, la relevancia semiótica de algo tan simple que se puede llevar en un cuaderno o de algo que puede ser factible de presunción a través del último gadget tecnológico. La agenda, desde luego, es un aliado imprescindible en la vida cotidiana, en la planeación y en tiempos convulsos en lo personal y en lo familiar.
Tampoco pretende ser este espacio una construcción sobre el cómo planificar el tiempo. Es una reflexión sobre lo temporal: en qué anclamos nuestros actos cotidianos, en qué terminamos conformándolos, en qué derivan con el paso de los años, en dónde estriba lo significativo y aquello que marcamos como propio.
         El llevar un diario es una consideración estrictamente personal. Diversos autores han generado sendas piezas maestras. Eliade, Tolstoi, Dalí, Barthes, Revueltas, cada uno a su manera. Pero poco sabemos de la agenda, la que marca el tiempo a tiempo, la que pretende la regulación absoluta de nuestras actividades productivas, el mecanismo de control y de jerarquización de nuestros actos.
         Sí, así de terrible es el discurso de la agenda. Aunque sea de Hello Kitty o la más reciente aplicación de Android. La agenda ordena y conforma lo cotidiano. Y en ese sentido, no queda más que apreciar la búsqueda de un orden en medio del caos. Los nombres se combinan con las anotaciones personales. Las claves que nosotros entendemos. O que ni nosotros entendemos en muchos casos.
         La agenda acumula el paso de los esfuerzos, proyecta hacia un futuro que es profundamente simbólico. Puesto que es un acto que no se ha dado, no podemos configurarlo. La agenda representa el afán del hombre por dominar el tiempo, por superar lo impensable, por el que se den las cosas. La agenda trabaja entonces en el ámbito de la promesa. Así será, porque así está escrito.
         Desde luego, implica todo ello la flexibilidad del ejecutor de la agenda. Porque si la agenda domina al hombre, ¿qué queda de éste? La sombra de un dictado. ¿Cómo puede escapar el hombre de la cita marcada desde fuera? ¿Quién establece la agenda?
         El poder, no hay forma de negarlo, delimita. Sabemos por sendos estudios antropológicos e históricos, que el tiempo se medía de otra forma en la antigüedad. Las actividades sagradas se imponían por sobre lo profano. Las festividades se tomaban como el parámetro de planeación. Los ciclos de la naturaleza eran determinantes para el actuar del hombre. Y así, las fuerzas externas pero vitales constituían el principal motor de la historia. Decir esto lleva al ámbito de la nostalgia de lo “natural” como construcción desde la naturaleza.
         Se sabe de los esfuerzos por contabilizar los años (y este sábado, mi hijo de 7 años, me hizo una pregunta filosófica compleja: ¿Qué es un año? A lo que yo solo pude responderle de la manera más simple: 365 días). Esta medida arbitraria, obliga al conteo, a delimitar, a dejar huella. Por fijar en calendarios en roca los tiempos de cosecha. Los ciclos que se apuntaban en las estelas, en los códices, perfilaban precisamente el contenido de lo sagrado. La huella implicaba la medida hacia lo sagrado. Y ambos existían y convivían en, quizás, plácida armonía.
         La historia siguió su curso. Se estableció como el parámetro a seguir. La promesa del progreso. La ruptura del ciclo por el establecimiento del orden lineal. Así, las culturas precolombinas tuvieron que adaptarse a un futuro inalcanzable con la llegada de la “racionalidad” europea. La ruptura del discurso causó estragos. El orden cósmico se trasladó a un orden del progreso, que más tarde que temprano, se fincó en una alianza con el orden de lo productivo, de la fabricación, de la huella en el producto más que el cosmos de los astros.
         Y no hay autodefensa en esto: los saltos cuánticos son notables. Y quizás por esa falta de tiempo quedaría en la agenda para seguir detallando todo ello. Pero el esbozo basta para comprender que el hombre moderno dejó de significar su entorno por el seguimiento a la temporalidad natural, para construir, sin más un régimen dentro del ámbito de lo simbólico.
         Porque, al final de las cuentas (y aquí valga la metáfora), quién delimita que la jornada de un albañil es menos valiosa que la de un empresario de una transnacional, que la comida en un restaurante debe costar más que un cuaderno que dura para siempre. El acto arbitrario en la medición del tiempo hace estragos en cualquier consciencia.
         El tiempo se hizo aliado del valor económico. Son esos tres ejes que Foucault señala como “Trabajo, vida, lenguaje” los que se contaminan y comienzan a juguetear entre sí. Cómo hablar sobre el trabajo, como trabajar en esta vida, cómo vivir el lenguaje y todas aquellas adaptaciones posibles.
         Pero algo pasó en el mundo. Ya ni el trabajo tiene una perspectiva de lo trascendente. Los llamados “McJobs” y ese extraño disfraz de la esclavitud que ahora se llama “Disponibilidad 24/7”, rompen con la idea de la trascendencia en la empresa, de la durabilidad en la institución. Y no pretendo usar el término posmodernidad, porque ésta ha caído en el sinsentido por el abuso de su uso.
Nuestro tiempo el día de hoy, y eso no es cosa nueva, está subordinado a todo menos a un discurso sagrado. La generalización es peligrosa, pero si lo sagrado fuera parte de nuestra búsqueda cotidiana, no se permitirían los atropellos a los derechos humanos que se leen en los periódicos o que establecemos con nuestros actos y nuestras agendas personales. Al menos, eso podría explicar cualquier utopista inconforme, cualquier nostágico de la institucionalidad en sociedad, cualquier procurador de la justicia en esta tierra.
         Claro está, que se podría establecer como en el hinduismo que vivimos en tiempos del Kali-Yuga, el tiempo de la destrucción que antecede a una nueva creación. O pensar que estamos en el transcurso de la vida hacia un mejor mañana, tras la redención de la humanidad. Aquí, desde luego, también se puede establecer una línea de trabajo que por cuestiones de agenda, uno no puede contemplar en estos momentos.
         El tiempo de hoy es un tiempo que, tras la modernidad y tras la posmodernidad, desconoce lo antiguo y solo lo exhibe en los museos, y que el futuro lo deja a un muy corto plazo. Los procesos de producción que hablan sobre la eficiencia y que están, en teoría, enfocados a los resultados tangibles, tienen esos matices del siempre aquí y ahora.
         El futuro, bien lo ha señalado la ciencia ficción, no se da en 10 años. Es, precisamente, a futuro. Pero los tiempos se han acelerado, y el hablar de 10 años parece más eternidad que antes, cuando los fines de los ciclos se daban cada 52 años. Los sistemas operativos caducan al año de ser lanzados, los carros pueden ser cambiados a los 4 años si el buró de crédito no indica lo contrario, las relaciones duran lo que el click de la ya muy próximamente anacrónico Facebook determine…
         Recuerdo a una exalumna que me decía “Quiero cambiar de trabajo porque ya llevo mucho tiempo ahí; ya llevo 6 meses.” Esta afirmación, claro está, fue hecha previa a la crisis del 2008, en la que los tiempos se trastornaron aún más de lo que ya estaban.
         Vivimos tiempos difíciles. Bien puede argumentar alguien que  todos los tiempos han sido difíciles y que algunos vivimos el calentamiento global mientras que otros vivieron la peste bubónica. Pero son tiempos en los que el entendimiento de lo temporal ha quedado supeditado a la lógica del no tengo tiempo para pensar sobre la temporalidad y la trascendencia. Es, en términos de López Quintás, un momento de vértigo de la historia.
         Siempre nos han dicho que la historia comenzó con el origen de la escritura. Es decir, con el inicio de la marca, de la huella, del hombre a través del lenguaje. Empero, cómo fijaremos nuestros discursos hoy día. La mediación electrónica, todo aquello que hoy nos seduce en forma de nuevas tecnologías de la información y del conocimiento, tienen en su ADN el gen de la obsolescencia planificada. Caducarán a cada paso, y cuando menos nos los esperemos.
         Y si no me creen, procuren comprar lo más pronto posible su Windows 8 y su iPhone 5 para no quedar rebasados por la sincronización y la adaptación a lo siempre novedoso. Lo novedoso evanescente, si se me permite el término. La maquinaria del mercado parece, en efecto, un juego perverso: compra y será desechado. Independientemente del desperdicio económico, de la huella ecológica, de la explotación de los recursos naturales y de las prácticas laborales indignantes en diversos países del planeta.
         John Berger establece en su magnífico Modos de ver que el discurso publicitario parte de la insatisfacción y de la envidia. Y no solo ello, la aceleración de los tiempos ha hecho que ambos vicios se vuelvan cada vez más agresivos. Nunca podremos tener lo que tiene el de junto. Nunca podremos permanecer al corriente de lo que nos rodea. La práctica de la individualización del escritorio virtual es en realidad una trampa discursiva: te dejo ser distinto siempre y cuando compres el mismo producto, con diferente carcasa, que tu vecino más odiado.
         Cuando creemos dominar algún gadget tecnológico, sus fallas salen a la vista. Ya sea por errores nuestros o por una obsolescencia planificada y estructurada en esta cadena de la producción y el consumo sin sentido. La tecnología y la mercadotecnia se han unido para manipular al hombre, para reducirlo de nivel y convertirlo en un simple usuario más que en productor, o mejor, en un subcreador, en términos de Tolkien.
         Es cierto: el panorama apocalíptico en poco ayuda a salir de este atolladero. El no dejar huella en el mundo, se convierte en una consigna del mercado. Por eso, habría que volver los ojos al acto fecundo de lo creativo. La transformación de lo que nos rodea en el siempre algo nuevo. Jugar con lo mínimo para llegar a lo máximo. Procurar de forma sistémica la austeridad antes que el lujo, que tanto denunciaba el buen Bruno Munari.
         Curiosamente, las agendas electrónicas tienen formatos fijos, estandarizados para hacer anotaciones. No se permite (que yo sepa) la inclusión de rayones o tachaduras para borrar lo innombrable. En estos juegos de reeducación de mi agenda, me topé con que varias de las aplicaciones para agenda del iPod o del Android prometían el ser como el papel. Es decir, el juego nos marca alejarnos de lo más próximo al hombre. Las extensiones del hombre que preconizaba McLuhan han usurpado el lugar a la memoria, al caminar
         La agenda es, desde luego, no algo indispensable. Hay quien puede llevar en su mente una lista de pendientes, citas y recordatorios perfectamente ordenados. La agenda es una extensión de esta posibilidad que todos y cada uno de nosotros tenemos (a menos que exista algún tipo de lesión cerebral).
         La memoria es una virtud propia del hombre. Y cada día hemos marginado y minimizado la memoria, cediendo nuestras capacidades naturales a medios externos. Así como Sócrates era un crítico de la escritura, podemos ser críticos del sistema computarizado porque sus promesas son mayores que los de la propia escritura: todos podemos tener acceso a la biblioteca de Alejandría virtual gracias a la nanotecnología. La relación, pues, con el conocimiento, se ha virtualizado, no virtuocizado (si se me permite término tan espantoso).
         Alejados de las virtudes que nos son propias, alejados de los valores que deberían guiar nuestros actos, como señala López Quintás, hemos perdido la brújula por estar involucrados en el no perder la mejor tecnología. Y mientras, nuestro norte se evapora, se esconde y, como bien acusa Baudrillard, hemos cometido el crimen perfecto, esto es, aquel que no deja huella de su criminalidad. Porque si bien muchos perdieron su información de Lotus a Palm, de Mac a PC, mucho más se perderá cuando alguien decida olvidar cómo tener acceso al html o cuando por la crisis de los combustibles nos haga un mal juego distanciándonos de la energía para encender nuestras simpáticas computadoras en cientos de versiones de sistemas operativos distintos y distantes.
         Son cuestionamientos incómodos, lo sé. Cuando alguien se acostumbra a algo, es poco probable que quiera enfrentar su estructura de vida. Pero alguien tiene que hacerlo (quizás para olvidar la pérdida de información de su agenda electrónica).
Qué pasaría si, haciendo un alto en el camino, nos cuestionáramos sobre el cómo el celular determina nuestra vida social, cómo la computadora determina nuestra producción y nuestra creación, sobre el cómo lo novedoso hace que la tecnología cada día se aleje más del perfeccionamiento del usuario para generar una falsa experiencia.
         No pretendo, desde luego, satanizar a la tecnología. Escribir esto en una computadora, resulta en un acto de incongruencia que la pobre no cuestiona. Cualquier intento de satanización merma las posibilidades de verdadera creación. Simplemente hay que hacer un tiempo para pensar, un tiempo en nuestra agenda cotidiana para pensarnos sin esa agenda que está regida por la producción, el otro y el mercado.
         La historia parte del hombre. Y en estos tiempos, el hombre se ha apartado de la historia porque se ha apartado de sí mismo, guiado por discursos que le vienen desde fuera, desde lo mutable y perecedero.
         Habría que preciar ese maravilloso silencio creativo del que nos habla López Quintás. Ese tiempo que no cabe en ninguna agenda, en ningún horario, puesto que nos habita el tiempo y nos proyecta hacia algo más grande y más valioso que cualquier gadget en este mundo.
         Antes de que las huellas se nos borren como archivo inservible, que sean despreciadas aún más por la moda y las megatendencias, es tiempo de pensar en el tiempo, en la significación, y en la huella… Lo que el hombre deja, es un sendero, como dijo el poeta. Donde habita la palabra, trascurre el paso del hombre en tierra fértil. Porque si aún vemos nuestra historia, es porque la vida nos permite seguir soñando, marcando y ser, por sobre todo, más humanos y menos cyborgs.
         Dejo estas reflexiones en el camino. Mi agenda marca el término. Quizás otro día sincronice el calendario. Por ahora, habrá que seguir soñando.